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En medio de la más terrible crisis social vimos la oportunidad de creer en la humanidad de las personas.

El comienzo de un sueño

Envuelta en la narco guerra se encontraba Medellín en los años ochenta. La violencia urbana en la ciudad se distinguía por la ausencia del gobierno y la presencia cada vez más fuerte de grupos armados que establecieron su poder en los barrios periféricos del Valle de Aburrá, entre ellos, paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, bandas criminales y delincuencia común; en consecuencia, se desató una de las crisis sociales más trágicas que marcó la historia de Colombia.

La ciudad estaba dividida. Los disparos entre armas de fuego y el eco de las bombas eran los sonidos característicos que hacían retumbar la cruel realidad de esa época; se trataba de una coexistencia entre la vida y la muerte, una pesadilla que marcaba al País por medio de una violencia que se reproducía persistentemente. Cada día que pasaba se llevaba más vidas y con estas, las ilusiones de un futuro próspero, donde abundara la paz y la armonía. El derecho a soñar era casi una utopía, sobre todo para los niños y jóvenes.

La década de los ochenta se caracterizó por el papel dominante que los grupos armados desempeñaron en los barrios periféricos de Medellín. Los jóvenes servían como cantera de las bandas criminales y se “educaban” desde temprana edad en las conocidas “escuelas de sicarios”. Así continuó la crisis y Medellín, en el año 1993, obtuvo el reconocimiento internacional a “la ciudad más peligrosa del mundo”.

Entre la desdicha y desilusión en la que se vivía, se empezó a gestar un sueño que años más tarde transformaría la ciudad, pero que en medio de tanta turbulencia parecía imposible, sin embargo, no dejaba de ser atractiva y prometedora.

Pensar que la música podía vencer las armas parecía una fantasía, pero las ganas y la convicción de Amadeus rompieron los paradigmas y el escepticismo, como defensores de la esperanza en búsqueda de una luz que, envuelta en armonía, le devolviera la vida a Medellín.

Amadeus Fundación llegó hasta los barrios más peligrosos de la ciudad con el violín como pretexto; quiso emprender el camino que tuviera como fin la solución del conflicto social en la ciudad, por medio de la música como herramienta de disciplina y sensibilidad, para fomentar en los niños y jóvenes espacios de reflexión, formación humana en valores y principios basados en la responsabilidad social.

“La nueva cara de Medellín ante el mundo”

 Esa pequeña dosis de música fue calando poco a poco en los corazones de tantos niños y jóvenes que empezaron a cambiar las esquinas por clases de instrumento y coro; la llegada de Amadeus a los barrios fue el detonante para que, en Medellín, meses después, se gestara una gran revolución musical y cultural producto de una profunda transformación humana y social.

Paso a paso el programa fue desembocando en lo que hoy se constituye uno de los mayores fenómenos sociales de Medellín y el acontecimiento musical y pedagógico más importante de las últimas dos décadas en Colombia.

La ciudad empezó a entender finalmente que la música podía derrumbar barreras, contribuir a la solución del conflicto y ser eco de esperanza. 

¡Soñar ya no era imposible!

Verdaderos héroes

Estos niños y jóvenes empezaron a ser motivo de orgullo en el país. Gracias al incalculable talento y energía que los invadía, fueron llegando a sus casas y barrios con un mensaje distinto, con el que fueron jalonando y contagiando a su entorno de una energía especial, alegre y esperanzadora.

Fue en ese momento en el que la música permitió construir una filosofía de vida a su alrededor y el puente para alcanzar un mundo mejor

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